viernes, 5 de febrero de 2010

El arma perfecta.

¡Cazaré a ese maldito ratón terrorista!

-Grité luego del infortunio de pisar mis pantuflas llenas de partículas de vidrio.

El dolor inmerecido se disparado hasta mis terminales nerviosas, convirtiéndose en intensos deseos de estrujar lo inmaterial, a esa astuta arena que se escurre entre los dedos.

La muy mezquina frustración nutría exponencialmente a una bola de sentimientos hipocondriacos casi listos para colapsar como una terca avalancha de soldados, que atacan sin sentido a cualquier pensamiento cuerdo.

En medio de mi insanidad, la lucidez obró por un instante para amaestrar a la bestia primitiva que me dominaba.

¿Quién tiene el control absoluto? porque yo lo perdí antes de colocar un pie en el piso.

El Libre albedrío no es más que un concepto volátil en estado gaseoso.

Me dejare de idioteces y tomare las riendas de la situación, sin halar de las mismas.

La única defensa que se me ocurre hasta el momento es recurrir a la tan mal connotada desidia. Eliminar esos pícaros juicios para remplazarlos por placebos empalagosos.

Fue entonces cuando saqué de mi buró un viejo chicle sabor tutifruti.

Debo confesar que tenía la consistencia de una canica. Aun así lo masqué con entrega, hasta que le di cuerpo, con él elaboré una majestuosa y brillante burbuja rosada. Obra propia que al alcanzar una tremenda dimensión,

Explotó, liberando así una inexorable energía semejante al polvo de un hongo venenoso que se esfuma en el aire hasta que. . .

¡PUCK! …desaparece.

Fue en ese momento cuando con sutil insolencia me pregunté:

-¿eso es todo?

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